Por Ernesto McCausland
Entrevisté en el mismo año al legendario Emiliano Zuleta y a Carlos Vives, cada uno por separado pero por la misma razón; el punto de fusión entre el sabio anciano de la tribu y el joven impetuoso que entraba pisando fuerte, todo resumido en una canción y en una versión, bajo el manto majestuoso de tres palabras: “La Gota Fría”.
Por supuesto que ambos eran tan diferentes que suena absurdo el parangón.
Emiliano Zuleta marcaba 82 años en aquel momento y a pesar de una vida tan llena de aventuras de todo tipo —parrandas maratónicas, mujeres como arroz, peloteras bíblicas con su esposa Carmen Díaz— se conservaba fuerte como un roble. Acababa de traer al mundo a Efraín Zuleta, un jovencito que –para que lo sepa cualquier mente recelosa- era idéntico a él. Lo hallé en una finca enredada entre las faldas del Perijá, vigoroso e impecable, atacando a machete un cultivo de cacao.
Recuerdo que le pregunté por mamarle gallo: “Ajá, ¿y ya se compró los shorts?”.
El viejo sonrió con picardía y me dijo que estaba muy viejo ya para eso, pero que quizá se dejaría el pelo largo.
Con Carlos me encontré dos días después, un 27 de diciembre, en el Aeropuerto Internacional de Crespo de Cartagena. En una noche de luna, Vives llegaba para su gran concierto de La Provincia, que estaba programado para el día siguiente en el estadio “Pedro de Heredia”. Como el vuelo venía de Bogotá, me sorprendió verlo en shorts, dejándose abrazar por la noche cálida de Cartagena.
Esa noche hablamos largo en su habitación de hotel. Carlos me dijo de “La Gota Fría”: “Es el sonido que estamos buscando”.
Esa noche una idea me daba vueltas por la cabeza: ¿cómo podía haber un punto de encuentro entre aquel viejo sabio, picarón y amoroso que había conocido en El Perijá y éste muchacho de cabellos largos que me habla con los ojos irritados y una risilla feliz entre labios?
Era la misma duda que había suscitado Carlos Vives cuando dio el salto desde Escalona hasta los Clásicos de La Provincia y se apareció por los conciertos con su pinta de rockero de playa. ¿Resultaba posible mezclar el mango con las crispetas?
Emiliano “El Viejo” provenía de una ardiente y agreste zona del Caribe colombiano: el Magdalena Grande, en la subregión guajira. Como todos los hombres de su generación, cultivaba el machismo con placer provocador y fue desde un joven un diestro del acordeón. Para él aquel instrumento arrugado, que había llegado a Riohacha luego de que un marino alemán lo vendiera en puerto para poder financiarse una prostituta, representaba la redención del olvido, el incomparable recreo del alma: en plenos cincuentas, Zuleta Baquero andaba por montes y cardonales haciendo con su acordeón lo que otros hacían con fusiles.
Carlos Vives, en cambio, había nacido en la Santa Marta del sesenta, una ciudad que emergía de sus ancestros coloniales para transformarse en un emporio turístico, con puerto tecnificado y hasta un par de edificios. Y aunque perteneció a una generación que prefirió siempre el disco de los Bee Gees y la balada de Roberto Carlos, el vallenato le llegó por contagio: su padre, Luis Aurelio, y los amigos de éste, mientras jugaban dominó los viernes, terminaban amaneciendo al son de parrandas guajiras.
Ahora, medio siglo después de que “La Gota Fría” surgiera de los duelos musicales de Emiliano Zuleta y Lorenzo Morales, Carlos Vives no sólo la había grabado, sino que la había tapizado de “rock”.
Cuando quise saber por qué había hecho una versión en “rock” de “La Gota”, Carlos me contradijo: “Es que ‘La Gota’ original es rock”.
Y allí, en aquella frase pronunciada entre el cuarto y el quinto Tres Esquinas, estaba la clave. Carlos Vives había entendido que el rock, en su esencia universal, en su ancestro de blues del Mississippi, era música de la tierra.
Allí, sin jamás juntarlos, los dos se fusionaron para siempre.