Por Ernesto McCausland Sojo
Por Nabo Cogollo había sentido siempre la más infinita curiosidad, quizá por la sonoridad de su nombre, quizá por su leyenda viva.
Voces desde la sabana sinuana daban cuenta de que su nombre completo era Nabonasar, lo cual remitía al reino de Asiria, al grandioso fundador de toda una era y de la mismísima Babilonia.
Pero mi verdadero interés radicaba en las menciones que de él se hacían en dos cantos vallenatos: “El cordobés”, la pequeña epopeya gallística de Adolfo Pacheco, y “Tierras del Sinú”, pícara diatriba del difunto Carlos Huertas contra dos ganaderos de Cereté.
El fin de semana pasado, cuando acudí a la Semana Cultural de Sahagún, Córdoba, pregunté por Nabo Cogollo y supe de él a través del colega Carlos Marín Calderín, uno de los más inquietos y brillantes periodistas culturales del país.
Nabo Cogollo, aquel gallero de renombre, además ganadero que regalaba toros en las corralejas y que era mencionado con entusiasmo en múltiples cantos y parrandas de acordeón, vivía ahora en una pequeña parcela, solitario y arruinado, cuidando unos pocos caballos y criando gallinas lisas, genéticamente dotadas para producir gallos de pelea de buen picotazo.
Acababa de conceder una entrevista a la periodista Constanza Bruno Solera, del diario “El Meridiano”, levantando una polvoreda al revelar de sus andanzas juveniles, marihuana incluida, con un pariente cercano del actual Alcalde de Cereté.
No estábamos muy lejos de la parcela, en el territorio de Aguasnegras, cerca a Cereté. Se decía que Nabo era huraño y no se caracterizaba precisamente por dar cálidas bienvenidas a los visitantes, especialmente periodistas. Pero valía la pena intentarlo.
Partimos entonces en compañía del ex-Gobernador de Córdoba Carlos Buelvas, médico, ganadero, hombre de familia, aficionado al acordeón, y —lo más importante de todo en nuestra realidad del Caribe— cultor de ese bello rasgo que es el sentido de la amistad.
Media hora después de Cereté, teniendo como referencia un enredo de trochas y una bonga gigantesca, llegamos finalmente a la parcela de Nabo Cogollo, quien en efecto estaba solo, rodeado de inquietas gallinas, mientras un caballo bien tenido pastaba calmadamente en un potrero cercano.
Palpé muy poco de la anunciada hostilidad, aunque le largué la primera pregunta cuando apenas traía los taburetes para invitarnos a sentar y me dijo gruñón que los periodistas éramos muy desesperados. Pero luego, ya sentados, le bajó el volumen a los vallenatos viejos que sonaban en un radio-CD, y comenzó a hablar.
Nabo Cogollo es un hombre alto, de tez morena clara y ojos verdes, que oculta su calvicie bajo un sombrero tejano, quizá un vestigio de los tiempos de opulencia.
Primero me contó de su nombre y su revelación me dejó sorprendido. Nabo, en realidad, es un sobrenombre que le dio su padre. Su verdadero nombre es aún más imponente: Homobono, es decir, “Hombre bueno”.
No obstante, Nabo tiene dos hijos bautizados con el nombre de Nabonasar, uno de ellos filósofo radicado en Bogotá.
Luego relató la historia de “Tierras del Sinú”, de cuando Carlos Huertas asistió a las fiestas de toros en Cereté y entre varios ganaderos le recogieron un dinero. “Yo aporté cien mil pesos”, me cuenta Nabo Cogollo con un dejo imperial en su voz, como si quisiera recrear los tiempos aquellos en que viajaba por la región comerciando ganado y patrocinando memorables parrandas.
Los ganaderos José Miguel Ramos y Hernando Otero dijeron no tener efectivo y le ofrecieron a Huertas una novilla, la cual le entregarían antes de que éste regresara a Fonseca, Guajira. A los pocos días, cuenta Cogollo que se encontró a Huertas todavía en Cereté, muy contrariado y con una copiosa cuenta de hotel: los oferentes de la novilla no aparecían por ningún lado, e incluso parecían estar negándose en sus casas, incumpliendo como cualquier “gordito” Santos.
Cogollo pagó el hotel, le dio más dinero, y el cantor de Fonseca regresó a su tierra sin novilla y con un venenito en el alma.
Meses después, Nabo Cogollo, de paso por Valledupar, acudió a visitar a Poncho Zuleta, quien se preparaba para viajar a Bogotá a grabar su Larga Duración. “Zuleta estaba borracho y me recibió con un beso en la mejilla —cuenta Cogollo con su sorna característica—. Eso a mí me espelucó el pellejo, porque aquí en la sabana no estamos acostumbrados a esas vainas de los besos entre los hombres”.
Luego llegó Huertas y se enteró de que los Zuleta no estaban muy contento con una de las canciones de su nueva producción. “Por eso no se preocupe”, cuenta Cogollo que dijo, “que aquí lo que hay es talento”. Huertas se sentó entonces, comenzó a rasgar su guitarra, y a los pocos minutos estaba listo “Tierras del Sinú”, un vallenato sin ningún lirismo, tan elemental como exuberante, y con una melodía que es quizá una de las mejores desde los tiempos en que el género se gestó en los andurriales de la región Caribe. Con más entusiasmo que calidad de voz, aunque sin perder la afinación, Nabo largó a cantar:
A Nando Otero le voy a mandar una carta
Pero parace que le voy a causar molestias
Porque usted sabe, como yo, Poncho Zuleta
Que ese palomo no se consigue en su casa.
Pero me lo saluda sin embargo
Y eso lo hace uno cuando aprecia...
Le dice que el Cantor de Fonseca
Por todo Cereté lo fue buscando.
Hombre y se me antoja que me lo negaron...
Si me equivoco usted me le dispensa.
El resto es una historia ampliamente conocida. De la mano de la sensación del momento, los Zuleta, la canción fue un gran éxito musical y hoy es reverenciada como una gema del folclor. Hace poco, en uno de sus videos, vi a Carlos Vives haciendo una deliciosa interpretación en un ambiente informal con varios amigos.
Sin resentimiento alguno, Ramos y Otero terminaron festejándola en Cereté. Hoy ambos, al igual que Huertas, han partido en el viaje definitivo, aunque las memorias de los tres están vivas en boca de este hombre, que en dos horas de visita no nos ha dejado decir una palabra. (Próximo viernes, la historia de “El Cordobés” y otros cuentos de Nabo) ernesto@laesquinadelcine.com