Por Ernesto McCausland
En este viaje a Alemania me reconcilio con Colombia, cuando capto el impulso vital de nuestros microempresarios, gente que le apuesta a su propio negocio con no todos los chances a su favor. Pero han encontrado en la Fundación Mario Santo Domingo a un valioso aliado, que los ha asesorado, los ha apoyado financieramente y ahora los ha traído a este país a aprender del viejo mundo.
Me separo de ellos un día para ir a Trossingen.
Situado en el suroeste alemán, debe ser el pueblo más remoto del planeta, a juzgar por el viaje en tren: salida de la gran ciudad, Stuttgart, dos horas de recorrido a través de la selva negra, llegada a Rottweil, cambio de tren con rumbo a Trossinge, y como si fuera poco, como un acordeón que se rehusara a sonar, llegada a las afueras del pueblo, donde uno debe tomar un tren de dos vagones que lo conduce –finalmente- a las entrañas de la Hohner.
Me recibe en la estación el gerente de la famosísima fábrica de dulzainas y acordeones. Desde que iniciamos contacto, por Internet, ha estado regocijado por mi visita. La voz de Valledupar se ha hecho sentir. Erkhardt Fleshmann, un obrero retirado que habla español con acentos alemán y mexicano, me lo dice con un fino humor noreuropeo:
-Nosotros mandamos acordeones Corona a Nueva York, a Aruba, a Panamá, a México, pero todos siempre terminan en esa ciudad…Valli…Vadull…
Finalmente lo pronuncia: Valledupar.
Por lo menos dos mil acordeones al año van al mercado colombiano. Me cuentan todo sobre el esmero que aún le imprime la Hohner a sus procesos, con todo y que hoy por hoy Asia está llena de fábricas que los elaboran en serie. Me presenta en la fábrica a Diehter, un gigante alemán que se encierra en un cubículo sonorizado y va probando los pedazos de acordeón. Escucha cada pito, y luego lija las partes con rigor.
El proceso es fascinante, en un país tan perfeccionista que sus ingenieros se guían por el “motto” sencillo de que “nada es tan bueno que no pueda ser mejorado”.
Pero no he atravesado medio país germano para conocer detalles técnicos de un proceso industrial, así la meta de dicho proceso esté directamente asociada con el alma Caribe. Ni siquiera sé con precisión qué busco, pero también es cierto que hay una noción en particular que me produce vibraciones, y es algo que le he escuchado a muchos.
Al viejo Pacho Rada, mentor de mi gran amigo y colega Víctor López Aroca, y quien cantaba este verso:
La acordeón (sic)
Fue nacida en Alemania
Y aquí en la costa fue nacido
El que la toca
Pero compaginando una cosa con la otra
Salen cosas buenas que me llenan de emoción

O Emilianito Zuleta, quien en “Mi Acordeón” cantaba:
“Tú llegaste desde muy lejos
traspasaste todos los mares,
allá en Alemania te hicieron
pa’ vení a alegrarme en en el Valle”
U Omar Geles, quien con su inteligencia natural, me dijo un día que le asombraba que un instrumento generado en un medio tan frío y distante como Alemania desatara tantas pasiones en la hirviente Colombia.
El académico Julio Oñate, en sus brillantes y profundas investigaciones, también ha desarrollado a fondo esa paradoja maravillosa que se da con ese que llaman “arrugaíto”.
Al salir de la fábrica encuentro a un pueblo gélido y apacible, con una profunda herida arquitectónica en su epicentro. Es la vieja fábrica Hohner, hoy casi toda una ruina, aunque uno de sus edificios es utilizado como Conservatorio y otro como asilo para ancianos.
Hoy, asediada por el brutalismo de la civilización, la Hohner ha debido comprimirse a una pequeña planta en las afueras, pagando así el precio de un pecado contemporáneo: la perfección.
Y allí, en esas ruinas, en ese pueblo teñido de naranjas y amarillos por efecto del otoño, en esos rostros que se regocijan cuando les cuento de Francisco El Hombre y Machobayo, y de Alejo Durán, encuentro lo que busco. Es una sensación que finalmente me resuelve la geográfica contradicción. El alma humana puede estar a miles de kilómetros de distancia. Algo, como el acordeón, tiene el poder supremo de unirla.