Un tiempo después, a Hernando Correa, cienaguero, primo de Correa y amigo de García, se le ocurrió la idea de que la obra debía presidir el foyer del Teatro Municipal de Ciénaga. Era apenas lógico. El sacrificado debía ser héroe para su pueblo y era apenas natural que la obra estuviera allí, y más en un escenario que se había levantado sobre la ruina del viejo y legendario Teatro Magdalena.
Aquí sucedió lo inaudito. Intelectuales del pueblo se opusieron a la iniciativa, trayendo a colación varios argumentos, entre ellos el de la ya célebre confusión que suele darse respecto a Plato y Ciénaga por asuntos de caimanología. El caimán de Plato es una leyenda de realismo mágico de un hombre que por mirar a las mujeres bañarse en el río se convirtió en tal. El caimán cienaguero es mucho más funesto: la historia, real, de un caimán verdadero que se tragó a la niña Tomasita Bujato en el puerto de las Mercedes.
Así, cuando ya el transporte de la obra estaba pagado y todo listo para colgarla, la decisión de la Alcaldía fue revocada. Hoy la pared está vacía y el cuadro quedó en poder de la Universidad del Norte de Barranquilla, que se apresta a comprarlo y que ya no lo cedería por nada del mundo.
El cuadro está entonces allí, lejos de la tierra que vio nacer a Correa De Andreis, con sus dos manchas de sangre y el poder de su mensaje, preguntando sin preguntar si es tan infame la muerte como negar la vida después de ella.