
El año pasado, en plena noche del sábado de Carnaval, me tocó acudir a la Comisaría para auxiliar a un buen amigo emproblemado. (Judicialmente, nada serio, pero Carnavaleramente, algo muy grave: mi amigo, cinturón negro en artes marciales, había atacado con patadas voladoras a un tipo que se había atrevido a echarle Maizena en una caseta.)
La Comisaría estaba atestada de gente. En la celda común no cabía un alma. Más que todo, estaba llena de borrachos pendencieros a los que la Policía se había visto obligada a echarle mano. Afuera de la oficina, se aglomeraba una multitud de familiares que le suplicaban al Comisario que le soltaran a su borrachito querido para que no se le dañaran los Carnavales.
Pero había dos presos que se destacaban. Eran tal vez los únicos dos sobrios en la celda. Idénticos como dos gotas de agua, conservaban una expresión burlona, como si no les importara estar allí, con sus trajes de marimonda, rodeados de borrachos que se vomitaban, gritaban disparates o desafinaban las canciones de Dolcey Gutiérrez en el estrecho espacio de la celda.
Luego llegaron tres vehículos con agentes secretos, que vestían saco y corbata y llevaban diminutos equipos de comunicación. Los agentes entraron a la celda como Pedro por su casa y sacaron a los gemelos, debo decir que con mucha cortesía.
Un Policía chismoso me comentó en voz baja:
“Esos fueron los del atentado”.
Cuando fueron sacados de la celda, custodiados de cerca por los agentes del interior, los gemelos parecían delanteros del Junior que acabaran de anotar el gol de la victoria en el último minuto. La muchedumbre de familiares, sudorosa y cansada, los abrazaba y les daba palmadas mano a mano. Los agentes secretos, aunque de aspecto grave, quizá feroz, toleraban todo aquello con la indiferencia de un procedimiento de rutina. Era evidente que estos dos gemelos, a los que se les pintaba en el rostro la esquina barranquillera, no habían cometido ningún delito grave.
Los agentes se encerraron con el detenido en la oficina de la Comisaría. La madre de los gemelos llegó angustiada en ese momento, preguntándole en voz alta a dos hijas que la acompañaban:
―¿Qué habrán hecho esta vez, Dios mío?
Un Policía que pasó apresurado con un balde, con rumbo a la celda múliple, se limitó a decirle: “Intentaron atentar contra el Presidente...”
“¿Contra el Presidente de qué?”, preguntó angustiada la madre.
“De la República”, repuso el Policía.
La madre rompió en llanto. Gemía, como una plañidera de esas que contratan en ciertos sepelios, diciendo que sus hijos eran capaces de todo, menos de matar a nadie, y menos a un Presidente como Ernesto Samper Pizano, que era amigo del pueblo y que tenía encima todas las bendiciones del cura Hoyos.
Hubo que esperar al menos una hora a que los agentes secretos de Bogotá terminaran el interrogatorio a los gemelos. Querían saber qué había detrás del atentado. ¿Móviles políticos? ¿Algún acto insurgente de los estudiantes universitarios? ¿La guerrilla?
Pero no. Pronto comprobaron que no. Aquello había sido casi que un juego de niños a la barranquillera. Los gemelos Cantillo, famosos en el barrio por sus travesuras legendarias, habían fraguado algo que los hubiera puesto en las noticias internacionales.
Así, disfrazados de marimonda como estaban, pero con la máscara puesta, se habían acercado sigilosamente al palco presidencial, en el que Samper intentaba endulzar sus últimos amargos meses de gobierno.
Ya llevaban las manos en los bolsillos y hubieran coronado con éxito el atentado, de no ser por un miembro de la escolta, que se les abalanzó y los detuvo mientras armaba un escándalo en la Batalla de Flores.
De inmediato las atrevidas marimondas fueron neutralizadas, arrastradas por la Vía 40 por un cuerpo de agentes vestidos de enteros negros. Allí, en lo más profundo de sus largos bolsillos, los escoltas presidenciales hallaron el arma con la que estuvieron a punto de mancillar la dignidad presidencial:
Dos cajas de Maizena.