
No pasa un día de mi vida que el cáncer no se me dé a recordar a sí mismo. Basta mirarme al espejo con el torso desnudo y ahí están las cicatrices, enormes, delineadas con gruesos queloides, como el mapa físico de una región accidentada, tan notorias que en cierta ocasión un médico rural me preguntó si era que alguna vez me habían practicado una autopsia.
Aun en el acto elemental de caminar, siento que las piernas me pesan como tanques, consecuencia de tromboflebitis que se derivaron de las cirugías. La quimioterapia —tratamiento que siguió al quirófano— también se manifiesta en el día a día. Una de las cinco drogas del cóctel devastador que recibí, la citoxina, me causó una fibrosis pulmonar que me impide la práctica cabal de ejercicios.
Otra droga, el cisplatino, estuvo a punto de dejarme totalmente sordo, produciéndome limitaciones auditivas que hoy me convierten, quizá, en el único periodista radial medio-sordo del mundo.
Superé el cáncer hace 25 años, y a pesar de todos estos efectos colaterales que estarán conmigo para siempre, la estadística científica me considera un tipo con suerte. Es cierto que la medicina ha avanzado mucho en sus posibilidades de curar la enfermedad incurable por antonomasia.
En 1940, sólo uno de cada cuatro pacientes de cáncer sobrevivía. En mis tiempos, dos de cuatro nos salvamos. Pero aún el mundo está lleno de historias tristes, como la de la bellísima Soraya, a quien conocí precisamente en el ejercicio del periodismo.
Ese cincuenta por ciento, no obstante, corresponde a un odioso promedio mundial. La Unión Internacional contra el Cáncer, UICC, revela que en los países desarrollados el 75 por ciento de los niños con la enfermedad sobrevive a su diagnóstico, mientras que en los países del tercer mundo la cifra es exactamente a la inversa: el 75 por ciento muere sin pasar siquiera por una máquina de radioterapia. Aunque todas las estadísticas varían de país a país, las cifras en adultos son bastante aproximadas a las de los niños.
Me cuenta el oncólogo Raúl Murillo Moreno, subdirector del Instituto Nacional de Cáncer de Colombia, que no existe una estadística precisa del índice de supervivencia de cáncer en este país. “Pero notamos que las cifras de incidencia y las de mortalidad son muy parecidas, lo cual nos indica que la supervivencia es muy inferior a la de los países desarrollados”, anota. En Colombia murieron el año pasado 21.609 pacientes de cáncer, mientras que a 28.648 les fue diagnosticada la enfermedad. En el mundo entero, siete millones de personas mueren cada año. El cáncer es el causante del doce por ciento de las muertes de la humanidad.
El periodismo me ha permitido conocer de primera mano esa realidad que se vive en Colombia. Desde luego que aquí la situación no es tan grave como en África, donde hay países que no tienen una sola máquina de radiación. Colombia está llena de máquinas, no sólo de radiación, sino de resonancia magnética, TAC, radiografía, ecografía y todo lo necesario para diagnóstico y tratamiento de cáncer.
Solo que aquí, aún pagándoles cumplidamente a las aseguradoras privadas que llevan sobre sus hombros el sistema de salud, es posible morirse sin acceder jamás a un tratamiento. 145 mil pacientes acuden anualmente a la justicia para que ésta los proteja mediante esa eficaz herramienta legal llamada “tutela”. Se dice popularmente que el “doctor Tutela” es el mejor cirujano del país.
Pacientes muy enfermos, urgidos de atención, corren a los juzgados para pedirles a los jueces que los amparen con una tutela. Es la loca carrera del cáncer contra el tiempo, agravada con la parsimonia del sistema judicial colombiano. He conocido pacientes que han perdido la carrera. La muerte ha llegado más rápido que la tutela.
Muchos de estos pacientes terminan en manos de farsantes, teguas o religiosos. De los pacientes de los unos y de los feligreses de los otros, está lleno el cementerio.
A diario, a las dependencias de Caracol Radio llegan pacientes desahuciados en busca de ayuda. Es poco lo que podemos hacer por ellos, aparte de denunciar a las empresas de salud que les niegan la atención a que tienen derecho, ya sea como pobres de solemnidad que poseen un carné del régimen subsidiado, o como trabajadores adscritos al llamado régimen contributivo.
En algunas afortunadas ocasiones estas denuncias resultan en atención para los pacientes. Otras veces, las mencionadas empresas, en su gran mayoría pertenecientes a los grupos económicos más poderosos de Colombia, se hacen las de la vista gorda. El doctor tutela termina siendo el salvador.
El del niño Javier Reales, paciente de leucemia de escasos nueve años de edad, fue uno de esos casos. Su padre no había cumplido cien semanas de cotización, requisito que argumentan las empresas para atender a los pacientes víctimas de las llamadas “enfermedades catastróficas”. El menor requería con urgencia un transplante de médula ósea, que en Colombia tiene un costo de 225 millones de pesos, unos cien mil dólares.
Su padre, un humilde electricista y soldador, emprendió una batalla legal y llegó a ganarla, pero demasiado tarde. El pequeño Javier, un niño esbelto, de lacios cabellos que le caían sobre la frente, lanzador en el equipo de béisbol, excelente alumno de matemáticas y ciencias naturales en su colegio, murió esperando. Estuve en su funeral. Al pequeño Javier lo llevaban en un ataúd blanco, cubierto de flores rosadas.
El atribulado padre, en medio del momento final, lanzó un airado juramento contra la empresa que durante seis meses le negó atención a su hijo, y la que finalmente tuvo que atenderlo cuando ya era tarde:
—¡Algún día Dios les cobrará!
El cáncer