Sección de Temas de CINE SECCIÓN DE TELEVISIÓN SECCIÓN DE RADIO Sección HISTORIAS DE MI PUEBLO Volver al INICIO La Paredilla FIRMAR LIBRO DE VISITAS CONTÁCTENOS SUSCRÍBASE Y RECIBA BOLETÍN MENSUAL DE NOVEDADES QUIÉNES SOMOS SECCIÓN PERIÓDICOS Ver Sección de FOTOGRAFÍAS
LA ESQUINA DEL CINE - Ernesto McCausland ÁLVARO SERRANO DUARTE - Webmáster, Design, Seo
ERNESTO McCAUSLAND SOJO, Periodista Colombiano
Ernesto McCausland Sojo

Llego retrasado al aeropuerto de Cartagena y enseguida un policía uniformado  me intercepta con aire sigiloso. Tiene algo que hablar conmigo. Le digo que hable, pero me aclara que debe ser en privado. Noto que hay una cicatriz de cuatro centímetros en su mejilla izquierda.

 

Por mi cabeza pasa de todo: ¿me habré volado un semáforo? ¿se me habrá olvidado pagar la cuenta del hotel? Aun el que no la teme, siempre lleva una culpa congénita por dentro.

El policía me invita al fondo de la sala de espera y titubea antes de soltarme sus razones. “Yo te leo, Ernesto...”, comienza diciendo. Luego vuelve a comenzar y así lo hace varias veces, hasta que finalmente esconde los ojos y confiesa: “Necesito una carta... de amor y vaina”.

A través de los altavoces han anunciado que mi vuelo ―ese mismo que me ha hecho correr del hotel al aeropuerto―  está retrasado. Siempre he preferido matar el tiempo en los aeropuertos trabajando. En cierto modo, un vuelo atrasado no es más que una oportunidad que da la vida para que la propia mente se lo alcance a uno.  Pero aquel policía rudo de cicatriz, en cuya mirada se confunde el nerviosismo con la severidad, le acaba de servir un manjar a mi siempre débil curiosidad.

Me cuenta la historia: el año antepasado interceptó a un mafioso, que iba con varios escoltas en una resplandeciente Toyota último modelo. El mafioso fue desdeñoso desde el principio, burlándose del agente, advirtiéndole incluso que era muy amigo de un importante General.

El agente prosiguió con la requisa. “Bravito, ¿ah?”, decía el mafioso, y sus hombres reían a carcajadas. Todas las armas en el interior de la Toyota poseían salvoconducto. Excepto una lujosa pistola. El mafioso dijo que el arma no iba en el auto y acusó al agente de haberla plantado. “¿No es suya?”, preguntó el policía. “Entonces es mía”. El agente se acomodó la pistola en la cintura y se largó. Al mafioso se le acabó su buen humor.

A la semana siguiente, aquel mismo General ordenó el traslado del agente, que fue a parar a las selvas del Guainía, donde sólo hay una cosa peor que la soledad: un ataque de la guerrilla.

Pronto el agente conoció a una muchacha y pronto la muchacha quedó embarazada. “Esa vaina fue mi salvación”, expresa románticamente el agente. Ya estaban viviendo juntos, cuando el policía recibió una inesperada notificación. Aparentemente el castigo se había acabado. Lo trasladaban de vuelta a Cartagena.

Y allí llevaba ya dos semanas, cuando aparecí yo en el aeropuerto. Si escribir una carta de amor para uno es difícil, hacerlo para otro es todavía peor, máxime cuando la única información que se tiene es una vaga frase de antro: “la hembra dice que yo nada con ella”.

Comienzo la carta con todos los lugares comunes que puedo imaginarme. La verdad es que el agente no colabora mucho. Sólo insiste en que le diga a la niña que “de olvido nada”. Es evidente: el agente padece del mismo síndrome que casi todos los hombres padecemos: discapacidad absoluta para comunicar los sentimientos.

Pero ya hacia el final, el agente me da una información que permite que la carta no termine siendo una de esas tarjetas vacías de “Hallmark”. Hay una canción: “Manantial de Amor”, de la autoría del “Pollo” Israel Romero. Es fácil entonces rematar la carta: “Deja que esa misma luna que una vez iluminó nuestro amor lo siga iluminando, así haya un país entre los dos”.

Le entrego la carta al agente y pretendo escapar como cualquier ratero de barrio. Pero el agente me captura para pedirme lo peor de lo peor: que le lea la carta en voz alta.

Así termino yo, sofocado de la pena, leyéndole su propio manifiesto de amor a un rudo policía de cicatriz en la cara. Al final, no dice nada, pero dobla la carta con cuidado y la mete en el bolsillo del uniforme. Luego me estrecha la mano con fuerza. Noto que esa mano le suda, pero lo que más me llama la atención es que aquel hombre está temblando como un quinceañero enamorado.

Pienso entonces que el amor es como cualquier otra enfermedad tropical: a cualquiera le da y por cualquier parte aparecen los síntomas.

 

La carta del policía

Pasos Perdidos
Atentado en Carnaval
Cancer
Car'e palo
Carta del Policia
Diatriba de Madrugada
El Pueblo del Papa
Gallinazos de Pedro Perez
La Costa del Milenio
Manzanero de Merida
Mochileros
Reinas Baladies
Requiem por el Vivero
Rory en Barranquilla
Vivir un Aborto