
Claro que sí: al que madruga Dios lo ayuda, pero a la hora en que un periodista radial despierta todos los días, ni Dios Misericordioso debe estar despierto.
A las 3 y 45 suena el azote de la madrugada, el vil y fiel despertador, todo un personaje multidimensional: aliado y villano al mismo tiempo.
Cualquier batalla contra el despertador es fácil de perder. Le toca uno a apelar a todas las reservas de fuerza de voluntad y así echar a andar por el mundo a esa hora de la vida en que los ojos no ven, las toallas no secan, el jabón no enjabona, el pelo no peina, los pies no caminan, los cónyuges duermen a pierna suelta y ni siquiera el carro quiere cooperar.
Nada de raro tiene que el motor quiera seguir durmiendo. Habrá que salir a buscar un taxi, a la hora en que los taxistas nocturnos ya se disponen a guardar y los madrugadores ni siquiera se han despertado.
La ciudad, a esa hora, parece un gigantesco cementerio sin lápidas. Apenas uno que otro atleta aficionado salta a la pista callejera como un saludable fantasma.
Lo único vivo que hay por la calle son las hordas de borrachos, amanecidos y bullangueros, cantando vallenatos irreconocibles, y que al verlo a uno recién duchado, se reirán de lo lindo y dirán alguna frase odiosa: “¿Y para dónde va tan peinadito el muchacho”
Si hay dos seres que no se soportan en la vida, esos son un madrugador y un trasnochador: los borrachines se sienten culpables; los madrugadores se sienten pendejos.
Recuerdo que mi compadre Jorge Cura, insigne madrugador, solía pasar por mi casa a las 4 y al ver la luz encendida me llamaba:
-¿Tu qué haces despierto tan temprano?
-¡Es que no me he acostado! –le respondía.
Ahora la vida cambió y a mi también me toca madrugar.
¿Se supone que este panorama de las 4 le tienen el sonoro nombre de... madrugada?
¿Esta oscuridad de boca de lobo, en que por algunas emisoras suena Antonio Aguilar cantando “Ay Chabela”, sin un presagio de sol?
La verdad sea dicha. No hay nada romántico en ésto. El rocío no se ve por ningún lado y hasta el gallo duerme a pierna suelta.
Un amigo dijo una vez sobre aquella chica que lo perseguía: es más fea que levantarse temprano. Y tiene razón: lo malo es que el amigo ya tiene dos bebés con ella y uno está aquí, comprobando que aquella frase al menos era verdad en el segundo de sus sentidos.