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LA ESQUINA DEL CINE - Ernesto McCausland ÁLVARO SERRANO DUARTE - Webmáster, Design, Seo
 
ERNESTO McCAUSLAND SOJO, Periodista Colombiano
Ernesto McCausland Sojo

Atravieso Baviera en un lento tren: campos cubiertos por una niebla espesa que oculta el verdor. La meta es Martl, el pueblecillo donde hace 78 años nació el Papa Benedicto XVI.

 

La estación de tren es pequeña y solitaria. Un viento suave arrastra las hojas de los árboles en medio del otoño bávaro.

Ningún pueblo en el mundo tiene manera de saber si un hijo suyo va a ser electo Papa. Por eso a Marktl lo sorprendió la noticia. De todos los Cardenales, Ratzinger era el menos probable. Su favoritismo le restaba posibilidades.

De allí que Marktl sea aún un pueblo común y corriente. Apenas está en proceso de montar su infraestructura turística. Casi todo el mundo habla alemán. Sus habitantes observan a los forasteros con ojos recelosos.

Camino de la estación a la plaza central. Allí, en un área de 50 metros cuadrados, se concentra toda la agitación. Allí sí ha ido creciendo una cierta infraestructura turística.

Hay cuatro tiendas de souvenirs. Venden portarretratos, veladoras, estampas, camisetas, todos con la efigie del Papa.

Y venden la cerveza papal, con la imagen de Benedito en la etiqueta. No me sorprende. En Alemania he visto varias fotografías del Papa bebiendo cerveza. Uno de los vendedores me aclara que en Baviera tomar cerveza es normal, como cualquier bebida gaseosa o comida, o como beber vino en otras partes de Europa.

Pronto me entero que el tema es controversial. Hubert Shwendter, el alcalde –que tiene ocho consonantes y solo una vocal repetida en el apellido- condena la venta de la cerveza papal.

Me cuenta que la bebida fue lanzada al mercado a las pocas horas de la elección de Ratzinger en abril. Califica a los fabricantes de oportunistas, y dice que no se debería hacer negocio con el santo nombre del Papa.

Pero en Marktl el negocio está en todos lados: en la pastelería, venden un “brownie” con el nombre de Benedicto, y hasta un pudín de ciruelas llamado “Ratzinger”.

También hay problemas con el caserón de esquina donde Ratzinger nació. Su padre era jefe de policía. En la parte baja se atendían los asuntos policivos. Arriba vivía la familia.

Hoy la casa es propiedad de una familia particular y su dueña tiene las agallas bien abiertas. Reacciona furiosa cada vez que un turista o un reportero toca a la puerta. Dicen las malas lenguas del pueblo que ha inventado historias, como aquella de que un jeque árabe quiere comprar la casa, todo con tal de valorizarla.

La casa fue vendida hace cinco años en 250 mil euros. Hoy la dueña pide cinco millones. Se dice que hay dos ofertas serias. Una de una empresa norteamericana que quiere explotarla en grande como museo; convertirla en algo así como un “Disneyworld” papal. La otra oferta es de una familia alemana muy allegada a la iglesia.

El alcalde no tiene dinero para comprarla. Desde su despacho la observa con mirada anhelante. Habla con poca simpatía de la dueña. Espera que la casa más importante del pueblo quede en manos alemanas.

La zona “turística” de Marktl permanece llena de visitantes, principalmente alemanes que llegan en sus vehículos, toman unas cuantas fotos y se van, casi todos sin probar la “Trucha a la Benedicto” que venden en el restaurante de la plaza.

En los últimos seis meses, Marktel ha sido visitada por 120 mil personas. Es decir, cuarenta veces su población.

Pero ahí está, casi en la frontera con Austria, a orillas del río Inn, bello pueblo santo, lleno de polémicas y acciones terrenales.

 

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