
Y yo que creía haber visto todo lo que había que ver en materia de historias, y que lo que me faltaba por conocer era lo que faltaba por suceder, tuve la fortuna de encontrarme al mago Borletti en aquella mañana del epílogo carnavalero, con unos lentes oscuros, y una queja de guayabo a flor de labios, pero siempre locuaz y ansioso por contar sus cuentos fabulosos, tan fabulosos que uno diría que el mago es mago más por sus actos de prestidigitación narrativa, que por sus números de ilusionismo con naipes arrugados, o sus extraordinarias desapariciones de chicas en el escenario, o sus dotes asombrosas de clarividente, y que prefiero escucharlo en plan de narrador, como en ese bendito martes de Carnaval, cuando ambos esperábamos a Poncho Zuleta, y el mago se dedicó a relatarme la historia de Pedro Pérez y sus amigos gallinazos, que ocurrió en Riofrío, la tierra del mago, en pleno vecindario de Macondo, flamante ciudad principal del nuevo municipio de la Zona Bananera, la misma zona auriverde que ya parió a un Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, el cual seguramente quedará maravillado, y acaso sentirá incompleta su obra, cuando el mago el mes entrante, durante una de las parrandas del Festival Vallenato, le cuente la historia del matarife Pedro Pérez, que no es pariente de Enrique Pérez Matera y que era un hombre tan caballeroso, que el único acto de descortesía que se le conocía era precisamente el de agarrar cada mañana entre sus manos un mazo de plomo y sacrificar a las reses de un sólo golpe, para luego descuartizarlas con un cuchillo de acero, porque por lo demás Pedro Pérez era un auténtico caballero de provincia, algo que la misma historia corrobora cuando el mago, quitándose el par de inmensos marcos oscuros, y exhibiendo sus ojos desorbitados, relata que Pedro Pérez llegaba al mercado cada mañana después del sacrificio y que un par de pichones de gallinazos se le abalanzaban como si fueran un par de domesticados perros hambrientos, mientras el matarife se sacaba del bolsillo algunas presas sobrantes del degüelle, y se las daba casi en los mismísimos picos trémulos, además de acariciarles las plumas negras tiernamente, para que los dos pájaros comieran hasta la saciedad, quedando satisfechos hasta el día siguiente, cuando Pedro Pérez volvería a aparecer otra vez con su cuota de menudencias mañaneras, y los goleros se desviarían otra vez de su naturaleza carroñera para saciar sus apetitos por cuenta de su mentor Pedro Pérez, quien como era lógico un día, siendo ya adultos los goleros, tuvo que enfermarse, cayendo en cama, y sin poder regresar al mercado, lo que originó lo verdaderamente asombroso de esta historia que Borletti cuenta con la vehemencia de un Dalí tropical, con las cejas encaramadas en la frente, y según la cual los gallinazos no se quedaron esperando en el mercado, sino que volaron al pie de la ventana de Pedro Pérez y no se quitaron de allí, día y noche, hasta que Pedro Pérez se murió y entonces tampoco quisieron irse a volar, quizá a buscar los burros muertos de Riofrío, sino que optaron por la noble opción de seguir el funeral hasta el cementerio y luego quedarse al pie de la tumba, hasta que lograron la misma condición de Pedro Pérez, es decir, se murieron allí mismo, originándose “per sécula seculorum” en Riofrío una frase que hoy día es de uso cotidiano, una frase legendaria que suena más legendaria en la voz ronca del mago Borletti, “más agradecido que los gallinazos de Pedro Pérez”...