
Cuando ella nació, en el mes de la Virgen de 1894, el mundo era un lugar pequeño. A pesar de que el último Continente ya había sido descubierto y de que quedaban muy pocas zonas secretas en el planeta, la población mundial apenas contaba 1.500 millones de habitantes, una cuarta parte de lo que es hoy: seis mil millones de habitantes.
Y así es: desde hace cinco siglos por lo menos, la humanidad ha sido consecuente con las costumbres cotidianas que la llevan a cuatriplicarse en cada siglo. Hoy por hoy, cada segundo nacen cinco personas y mueren dos, lo cual significa que en sólo seis horas la población mundial aumenta el equivalente a un lleno del Estadio Metropolitano.
Hoy, la matrona barranquillera Lucila Carbonell de Uribe y el resto de los seis mil millones que Dios mediante la acompañaremos en este cambio de milenio, podremos darnos el lujo de decir que hemos vivido en dos milenios: un pie en el 1000-2000 y el otro en el 2000-3000.
¿Cuántos seres humanos más se han dado ese lujo?
Poquísimos. Un total de 300 millones, que era la población mundial la última vez que el mundo cambió de milenio, en el año 999. Es más, es la primera vez que cambiaremos de milenio con números de cuatro dígitos.
Bueno, pero tampoco nos vamos a llenar de orgullo histórico por el simple accidente de estar presentes en este puntal histórico de la humanidad. Mérito el de doña Lucila y el resto de su generación, los centenarios del mundo, que gracias a sus privilegios físicos, o a sus ejercicios mañaneros, o a sus hábitos alimenticios, o a su suerte, se darán el lujo de haber vivido en tres siglos. Ellos ni siquiera llegan a medio punto porcentual de la población mundial. Pero a pesar de constituirse en una abrumadora minoría, son unos verdaderos titanes de la vida.
Doña Lucila Carbonell cumplió en mayo los 106. Su nieto mayor, Willy Bradford, me explicaba una vez por qué ella tiende a confundir a la gente. “La mente de ella es como la novela ‘Cien años de Soledad’, en la que uno tiene que echar cuatro páginas para atrás para acordarse de quién es quién...”
Cuando doña Lucila vino al mundo, apenas se habían cumplido tres de los catorce hitos que la historia le concede a la Costa. Por supuesto que ni la aviación ni la radio habían hecho su ruidosa irrupción.
Pero ella estuvo muy cerca a un hecho trascendental, como fue la instalación del primer teléfono en Colombia. Por una razón muy sencilla: eso tuvo lugar en la sala de su casa.
Y aunque uno se devane los sesos pensando hoy en día que el primer teléfono debió ser muy poco útil hasta que por lo menos no se instalara el segundo, no puede dejar de deleitarse con la certeza de que hoy, en los alrededores impávidos de doña Lucila Carbonell de Uribe, hay 120 mil teléfonos celulares instalados y hasta una empresa de telefonía local, Metrotel, es reconocida nacionalmente como la mejor en su género.
El año en que ella nació acababa de inaugurarse en el Caribe una colosal obra de la ingeniería: el muelle de Puerto Colombia, que –mal que bien- ahí está todavía, a la espera de que un alma caritativa del gobierno lo restaure. No hay duda: la Costa, apenas en los albores de su desarrollo, era grande y promisoria cuando doña Lucila vio la luz del mundo.
Hoy la región tiene mucho que reflexionar y –por supuesto- mucho que definir. Principalmente, cuál es nuestra vocación y a quién se la estamos entregando. He ahí nuestro compromiso fundamental para el nuevo milenio. No podemos seguir permitiendo, por ejemplo, que las aguas azules del Mar Caribe se plaguen de muelles carboníferos, como está ocurriendo en Santa Marta. ¿Qué es Santa Marta al fin? ¿Paraíso turístico y reserva ecológica o puerto industrial? ¿Qué es Cartagena, donde la industria de Mamonal contamina la bahía, arruinando su perfil natural de turismo?
Y lo más importante de todo: ¿permitiremos que en el nuevo milenio gente como Gustavo Bell, Cirilo Swine, Guillermo Panizza, Antonio Celia, Lucía Ruíz, Arnold Gómez, María José Rubio, Jaime Abello, Alejandro Char, Marciano Puche, Rodolfo Espinoza, Fernando Arteta, Lao Herrera, Ciro Ávila, Samuel Azout, Guido Nule, Roque Yidi, Loreta Jiménez, y muchas otras valiosas figuras de nuestra dirigencia pensante tomen las decisiones? ¿O cederemos a la reconsolidación de la clase politiquera que tanto daño nos ha hecho en el final del siglo que termina?
Ya veremos. Lo importante es que en 508 años de descubrimiento, hemos pasado de ser una región de sabias y fascinantes tribus indígenas a una promesa de desarrollo portuario, industrial y turístico, desordenado y aparatoso, pero siempre promisorio.
Quiero hacer un reconocimiento por último a dos figuras de nuestra región que por supuesto están muy lejos de los cien años, pero que de todas maneras son motivo de gran orgullo en esta hora de los balances: Rafael Campanella Rodríguez, quien desde los años cuarenta está filmando películas en la Costa y a todo color, cuando el cine colombiano apenas se hacía en blanco y negro. Oriundo de Sabanalarga, don Rafael vive hoy en su pueblo, ya retirado, y rodeado de las viejas películas que hoy lo engrandecen.
Y Mingo Martínez, nuestro gran humorista, hombre incansable además de la música y la actuación y quien, para rematar, acaba de concluir un curso de computación y ya aprendió a manejar el bendito aparato. (¡Esperen pronto, Mingonet!)
A ellos en especial, a doña Lucila, y a todos los amables lectores, una frase que sólo podemos decir una vez en la vida: ¡Feliz Milenio!