Sección de Temas de CINE SECCIÓN DE TELEVISIÓN SECCIÓN DE RADIO Sección HISTORIAS DE MI PUEBLO Volver al INICIO La Paredilla FIRMAR LIBRO DE VISITAS CONTÁCTENOS SUSCRÍBASE Y RECIBA BOLETÍN MENSUAL DE NOVEDADES QUIÉNES SOMOS SECCIÓN PERIÓDICOS Ver Sección de FOTOGRAFÍAS
LA ESQUINA DEL CINE - Ernesto McCausland ÁLVARO SERRANO DUARTE - Webmáster, Design, Seo
ERNESTO McCAUSLAND SOJO, Periodista Colombiano
Ernesto McCausland Sojo

Mérida, México, Mayo 10 del 2000.
 
Ahora entiendo por qué Manzanero es tan pequeño. (La estatura del famoso cantante, inversamente proporcional a las dimensiones de su obra, es el motivo central de un chiste que yo jamás olvido.

 

Estábamos un grupo de costeños en Bogotá, en 1995, en el bar salsómano “Café Libro”, y uno de nosotros, el genial periodista Marco Schwartz, se levantó al baño. Marco regresó al cabo de un rato con una pregunta en la boca: ¿cómo hará Manzanero para mear en ese baño?

Todos los presentes, incluidas las mujeres, corrimos al baño a ver qué era la cosa tan extraña. Así constatamos que los orinales estaban como a metro y medio del piso. La verdad es que no sabemos cómo se las arregló Marco, quien mide acaso un centímetro más que Manzanero, pero el cuento dio para reírnos toda la noche.)

Pues bien, si me perdonan este paréntesis, que me quedó el doble de largo que Manzanero, les cuento por qué ahora lo entiendo todo. Ahora sé por qué Manzanero levanta ciento cuarenta y nueve centímetros del piso.

Porque es de acá, de esta tierra en que me encuentro desde el domingo pasado, en el marco de una convención de televisión. Y en cinco días que llevo en esta Mérida hirviente y cordial,  -tan caliente que la bautizamos “Fundangué”, mezcla de Fundación con Magangué-  no he visto un hombre más alto que Manzanero. Es más, Manzanero está por encima del promedio de estatura. Es un gigantón acá. ¡El gigantón Manzanero!

Imagínense entonces cómo se sentirá este periodista currambero, al que unos ex-amigos apodan graciosamente “Puyanube” y que ha pasado por la némesis de todos los sobrenombres y bromas por los que atraviesa uno a los ciento noventa y cuatro centímetros: “El Enano”, “Var´epremios” y hasta aquel chiste paisa de decirle a uno en la calle, sin pudores ni contemplaciones, “Eh Avemaría, este hombre se toma una gaseosa y le llega vinagre al estómago!”. O el ya famoso “¿Cómo está la temperatura por allá arriba?”.

Heme aquí, entonces, un Gulliver incómodo que es mirado con recelo precolombino por el hombrecillo al que le llevo una maleta para que me la repare de emergencia; o por la dependiente de una lavandería, la mujer no oficialmente enana más pequeña que he visto en la vida, y que agarra mis pantalones, los extiende contra la luz como si fuera el vestuario de un acto circense, y deja traicionar su solemnidad maya por un embate de sorpresa.

Y así como esta mestiza preciosa termina reconociéndome, entre risitas candorosas,  que jamás ha visto a un hombre tan alto,  yo me confieso para mis adentros que jamás me he sentido tan alto. Ni siquiera en Simonarúa, el poblaco arhuaco de la Sierra, donde los niños de la escuela se divirtieron durante 48 horas a costa mía y hasta me hicieron parar al lado de cuatro árboles distintos para ver quién era más alto. Pero es que aun los arhuacos, sin tener en cuenta el gorro cónico, o “tutosoma”, son más altos que los mayas.

La península de Yucatán es una apéndice de Méjico; una apéndice geográfica que se desborda del mapa en aguas del Atlántico, y también una apéndice cultural, que está más cerca de Cuba y del Caribe que del resto de su país.  Es más, como bien lo hizo notar el periodista Andrés Oppenheimer en uno de sus artículos, a comienzos de siglo había más miembros de la alta sociedad de Mérida que cursaban sus estudios superiores en La Habana que en ciudad de Méjico. La península, que comprende tres estados y tiene a Mérida como su ciudad más importante, ha estado tradicionalmente marginada de la capital, y por ende del mundo. Eso le ha representado una gran ventaja. A diferencia del resto del país, que ha sido víctima de una salvaje invasión cultural por parte de Estados Unidos, especialmente desde que se suscribió el famoso Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la remota península ha conservado su identidad. Muchos de los ciudadanos más prestantes y cultos aun duermen en hamacas. Muy distinto a Ciudad de Méjico, donde se ha instalado con éxito, para poner el más insólito de los ejemplos, un local de “Taco Bell”, la famosa cadena de comida rápida que vende tacos desabridos para el mercado de Estados Unidos. (“Es como si en Alaska importaran hielo”, dijo alguien.)

Ahora, con su selección entre 33 ciudades como Capital Cultural de Las Américas, Mérida tiene mucho que mostrar con orgullo. El turismo invade las calles de la ciudad, que no sólo tiene las ruinas mayas como atractivo, sino además su deslumbrante arquitectura colonial. El Alcalde, un visionario llamado Xavier Abreu, se ha propuesto venderle Mérida al mundo y lo ha logrado.

Y Manzanero es yucateco puro, oriundo de Mérida, profeta en su tierra e hijo directo de familia maya. Su segundo apellido, Canché, es tan maya como la pirámide de Chichen Itza, dedicada al dios serpiente de esa etnia, Kukultan. A la familia materna de Manzanero se le adjudica una innovación proverbial en el típico baile de la jaranda: las llamadas suertes, un acto que consiste en colocarse botellas y vasos en la cabeza mientras se baila.

Eso explica en parte el talento artístico inconmensurable que ha llevado a Manzanero a gestar piezas memorables como “Adoro”, “Somos Novios”, “Esta tarde vi Llover” y “Se me Olvidó que te Olvidé”. Al fin y al cabo los mayas, con sus conocimientos asombrosos de arquitectura, matemáticas y astrología, constituyen la civilización más inteligente de Latinoamérica.

 

Manzanero de Mérida
Pasos Perdidos
Atentado en Carnaval
Cancer
Car'e palo
Carta del Policia
Diatriba de Madrugada
El Pueblo del Papa
Gallinazos de Pedro Perez
La Costa del Milenio
Manzanero de Merida
Mochileros
Reinas Baladies
Requiem por el Vivero
Rory en Barranquilla
Vivir un Aborto