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LA ESQUINA DEL CINE - Ernesto McCausland ÁLVARO SERRANO DUARTE - Webmáster, Design, Seo
ERNESTO McCAUSLAND SOJO, Periodista Colombiano
Ernesto McCausland Sojo

Turcol. Así se llama la agencia turística, aunque tiene nombre de almacén de telas del mercado público, quizá la astucia de algún libanés que quiso congraciarse con los “baisanos” colombianos. Su local tampoco impresiona mucho. Es diminuto y caluroso, atendido sin mayor formalidad por una secretaria que parece que hubiera dormido mal.

 

Turcol, no obstante, es una de las agencias de turismo colombianas más mencionadas en el mundo entero. Su gerente, Demetrio Riaño, es un hombre amplio y amable. Funciona frente al camellón de Santa Marta, junto a un legendario vendedor ambulante de jugos, casi al pie del viejo hospital San Juan de Dios.

En la Internet uno puede encontrar anuncios como éste:

La única agencia que ofrece el tour a Ciudad Perdida desde Santa Marta es Turcol. Todos los tours que ofrecen los hoteles de la ciudad son el de Turcol, así que no vale la pena buscar diferentes precios o diferentes tours por que todos son iguales. El precio es de unos US$180 por persona con todo incluido los seis días. De todas maneras lo que si se puede escoger si se quiere es el guía. Nosotros por supuesto recomendamos el nuestro ya que es de los que se dedican a este tema desde sus orígenes y tiene muchas cosas interesantes que contar. Él suele trabajar con los hostales "El Titanic" y otro que hay frente a este. Su nombre es Edwin Rey y realmente es todo un personaje.

Fue Turcal la agencia que condujo a Ciudad Perdida, en la Sierra Nevada de Santa Marta, a los ocho turistas, que el doce de septiembre del 2003 fueron secuestrados por la guerrilla. 

El suceso no pasó de ser una anécdota: mientras varias familias en España, Alemania, Inglaterra e Israel sufrían por los suyos, los muchachos no parecieron padecer en demasía, al punto de que, cuando se produjo su liberación, aparecieron fotos en las cuales festejaban con los guerrilleros y —en el caso de la alemana— sostenía como un gran chiste los fusiles asesinos de éstos.

Eso indignó a algunos, pero la verdad es que hay que meterse en el espíritu del mochilero para entender.

¿Quiénes son ellos y qué diablos buscan en sus viajes a Santa Marta, sus expediciones de largos días a pie hasta Ciudad Perdida, sus estadías de varios días o semanas en Taganga, al punto de que éste pueblecillo ha aumentado sustancialmente su población gracias a ellos?

Dicen los más suspicaces que los atrae la promesa artificiosa de las drogas fáciles y baratas, especialmente la marihuana, la famosa “Santa Marta Gold”, que compran en cinco pesos, cuando en sus países deben pagar sumas astronómicas en euros y por un producto desabrido.

Eso lo corroboran sus aspectos, cabellos desordenados, ojos entrecerrados y rojizos, andar pausado.

Hace unos días hablé con un joven taganguero que lleva años ennoviado con una israelí, la cual comenzó a visitar a Colombia precisamente como mochilera. Hoy el muchacho habla hebreo, además de inglés, y no está de acuerdo con la anterior hipótesis. Asegura que a ellos los mueve la sed de aventuras, lo cual me lleva a pensar que a lo mejor son una suerte de “hippies” del nuevo milenio. En algo se parecen: es innegable que prefieren la marihuana a las drogas sintéticas de hoy día, y son andariegos incansables.

Lo irónico es que —tres años después de que la noticia de los ocho secuestrados le diera la vuelta al mundo y el estamento turístico temiera una catástrofe para la fama del país—  el número de mochileros se ha duplicado.

Allí están, esperando su turno para ascender a Ciudad Perdida, apretujados en residencias que funcionan en viejas casas de la zona portuaria.

Quien lo creyera, al menos en el singular rubro del turismo mochilero, el pavoroso secuestro terminó conviniendo.

 

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