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LA ESQUINA DEL CINE - Ernesto McCausland ÁLVARO SERRANO DUARTE - Webmáster, Design, Seo
ERNESTO McCAUSLAND SOJO, Periodista Colombiano
Ernesto McCausland Sojo

El habitante de una ciudad se apega a las cosas con las que tiene derecho a encariñarse: un equipo de fútbol, un personaje, un parque, una zona, una obra de arte.  Es ese en apariencia un sentimiento baladí. No tiene nada que ver con la infraestructura urbana, con la calidad de los servicios públicos, con el valor económico de ciertos elementos del mobiliario urbano.

 

En estricto análisis financiero, ese sentimiento no vale dinero. Es materia ingrávida. Pura emoción.

No obstante son esos patrimonios intangibles  los que conforman la realidad de una ciudad, al punto de que ésta termina siendo más un conjunto de símbolos, de manifestaciones etéreas, que de edificaciones. Junior de Barranquilla, ciertamente, no es el equipo de altibajos, de individuos regularzones,  que padecemos cada fin de semana.  No. Junior es la tradición amada. Lo que identifica a Barranquilla. Su noción, su concepto, está por encima de los goles desperdiciados un domingo cualquiera.

Rara vez una empresa privada, en este caso un almacén, genera ese tipo de sentimientos. Desde que en 1969 un hombre noble llamado Alberto Azout fundó “El Vivero” como un puesto de camisas de fábrica que estaba situado cerca al zoológico,  comenzó a crecer un sentimiento de pertenencia.

Como en el amor, donde las dificultades pueden fortalecer los vínculos, la relación entre los barranquilleros y “Vivero” creció entre dificultades. La ciudad entera, al menos la ciudad noble de otras épocas, padeció como suyo propio el incendio que arrasó con las instalaciones en los ochentas. Mientras duró la reconstrucción, el almacén funcionó bajo una carpa ardiente.Allí acudió la gente a seguir comprando.

Recuerdo que en alguna nostálgica columna que escribí desde Los Angeles en la década pasada mencionaba a “Vivero” entre los elementos que lograba ver vívidamente en la Barranquilla lejana. “El plan Vivero” era parte de un sábado, como una helada “Cerveza Águila”, como un picó con buena salsa. Unos años más tarde, al visitar la oficina de presidencia de Vivero, constaté que el recorte de la columna colgaba en la cartelera.
Hubo más incendios, irrupción de almacenes forasteros que se quedaron en el camino, multiplicación de Viveros en hermosos edificios por toda la Costa e incluso el interior. Ello afianzó más los lazos. Ya el cariño no era sólo barranquillero, sino Caribe en general, y cuando constamos que el almacén abría puertas en otras importantes ciudades del país, tuvimos el inédito sentimiento de que algo nuestro era exportable. Samuel Azout, cabeza visible de la nueva generación, es hoy por hoy la gran promisoria figura de un nuevo liderazgo costeño, luego de haber estudiado administración pública en Harvard y de estar en sintonía con programas tan exitosos como el del Alcalde de Medellín Sergio Fajardo.

“Éxito” anuncia ahora que, tras haber comprado la organización Carulla-Vivero, esta última marca desaparecerá, lo cual no es otra cosa que anunciar el fin de un símbolo vital que acompañó a varias generaciones de barranquilleros durante casi medio siglo. Toca quedarse mudo. Cada cual hace lo que quiera con su propiedad.

Está claro también que el comercio de la ciudad y la región se ha llenado de paisas. Por supuesto que eso no quiere decir que sean ciudadanos indeseables. Algunos, como los integrantes del Comité Cívico Paisa, o como los empresarios que han restaurado edificios del centro, trabajan más por la ciudad, con más amor que muchos barranquilleros. Otros, en cambio, vienen acá a taparse de plata. Unos los ve en ciertos colmenares y almacenes del centro: no tienen la menor idea de qué es Barranquilla; no se fusionan a la realidad de la ciudad; comen frijoles mientras venden ventiladores; tratan mal a sus empleados costeños y viven entre virtuales montañas a diez kilómetros del mar.

La verdad es que –después de leer detenidamente el anuncio oficial del cambio de nombre- sigo sin entender las verdaderas razones por las cuales una organización como “Éxito”, de noble fama, comprometida con la educación, el civismo y otras loables iniciativas, decide bajar los avisos de “Vivero”. Ciertamente términos como “sinergia” terminan confundiéndolo más a uno. Es ese desde luego un derecho que los asiste, igual que si la familia Char decidiera acabar con el Junior, cosa que uno sabe que al menos fuera de la cancha no es posible. Tiene derecho uno a sentirlo y a actuar en consecuencia: los símbolos de una ciudad no se pueden acabar así como así. (ernesto@laesquinadelcine.com)

 

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