
Puedo decir sin vergüenza alguna que desde que tengo uso de la razón he cambiado unas 65 veces de parecer sobre el tema del aborto. Criatura ondeante que es uno: cada vez que escucho el discurso de los activistas anti-aborto, caigo convencido de que indudablemente aquello es un crimen, quizá una masacre, como decía antier Monseñor Fabio Rubiano.
Se me viene entonces el contrargumento encendido de los llamados “Pro-Choice”, aquellos que consideran que cada mujer tiene derecho a hacer lo que quiera con una criatura en gestación. “Es su cuerpo, al fin y al cabo”, dicen ellos.
Yo creo que ningún debate de la humanidad ha tenido tanta ilustración pública como éste del aborto, hasta el punto de que cualquier ciudadano del común posee los elementos para fijar su criterio. La despenalización humanitaria, revivida en la actual coyuntura por el Defensor del Pueblo Eduardo Cifuentes, es una realidad mundial que hay que aceptar.
Buscando luces sobre el tema quise encontrar a una mujer ilustrada e inteligente que hubiera pasado por esas. La hallé, por supuesto, y su estado emocional me produjo sobresaltos. A dos años de su traumática experiencia, matizó su testimonio con suspiros y humedad facial. En varias ocasiones estuvo a punto de estallar en llanto.
La de ella fue una experiencia decorosa, en comparación con la de la mayoría de las mujeres en los países “penalizados”. La atendieron en una de las mejores clínicas de Cartagena. El mismo dueño de la clínica la recibió y le trazó el tratamiento: pastillas e inyecciones en su casa y cuando empezara a manchar traslado a la clínica para que la atendieran y le practicaran el degrado.
Las pastillas e inyecciones, supongo yo que de Pitusín, una droga que se consigue en la calle sin problemas, se demoraron en hacer efecto. Allí comenzó el calvario, el revoltillo de incertidumbre física y espiritual. Hasta que finalmente llegó el momento culminante: el quirófano.
Me cuenta ella, su voz conmovida y entrecortada por los malos recuerdos, que al llegar a la clínica para el procedimiento le habló a su bebé, el mismo que estaba aun en el vientre, apenas “un coágulo de sangre”, mentira piadosa que le habían metido los médicos. Le dijo que le pedía perdón, pero que debía tomar esa cruel decisión.
Ya en el quirófano, dice ella que no paró de llorar. Una enfermera le dijo: “Ajo, niña, ¡tu sí lloras!”. Nuestra heroína no cesó de llorar, ni aún cuando ya el aborto quedó consumado.
Hoy, dos años después, me cuenta ella que la culpa no la abandona. Dice también –en una frase que podría ser contradictoria- que tampoco se arrepiente. “Era necesario”, afirma. “Ese niño habría venido a este mundo a sufrir”.
Pero la verdadera síntesis de este conmovedor testimonio es la que ella dice al final, con voz tenue pero firme:
-Yo trato de olvidarlo, pero no puedo. Es algo que siempre está ahí. Algo que me asalta y me perturba a cada rato. Es decir, fue un crimen.
Frase categórica para cerrar esta columna y para quedar convencido de que la sabia naturaleza no puede ser más clara: si ella siente eso, entonces el aborto es un crimen.
Pero enseguida me llama de Bogotá una estudiante de derecho: pasó por lo mismo y no está de acuerdo. “Yo asumí la responsabilidad de mi cuerpo y mi sexualidad”, dice, “por eso no tengo remordimientos”.
¿Se dan cuenta? Ya empezó la confusión otra vez...
Vivir un aborto