24 horas como bombero
Por: ERNESTO MCCAUSLAND
Yo, que mido casi dos metros, piso una manguera comienzo de la inducción y caigo de bruces entre una nube de arena dorada y humo negro. Los bomberos ríen a carcajadas, mientras yo me levanto sacudiéndome los pantalones.
No he cumplido la primera hora allí y ya me he llevado por delante la sagrada máxima de que entre bomberos no nos pisamos las mangueras y de paso he aprendido la primera gran lección: ¡vaya vidita la de un bombero! Comenzando con lo más elemental, la prenda superior del traje antifuego, un chaquetón amarillo de tres capas ignífugas, confeccionado en tejido molecular de Nomex, bajo el cual ardo en llamas con sólo probármelo y cuya última capa queda ensopada en sudor tan pronto logro quitármelo; o el pantalón el cual hay que saber ponerse en cuatro segundos en agobiante simultaneidad con las botas de caucho; o el famoso casco, el cual termina pesándome tanto que me zarandea la cabeza como a un robot con cuello de resorte; o el tanque de aire comprimido, que pesa cuatro libras y acaba siendo como un cadáver a las espaldas; todo eso sin haber ingresado todavía a un incendio de calores extremos, de llamas traicioneras, de humaredas oscuras y trágicas que hacen colapsar pulmones y hasta pueden suscitar alucinaciones en medio del apremio, quizá en el último piso de un edificio, sobre una tembleque escalera telescópica.
Pero el incendio es lo de menos: pronto me entero de que el fuego constituye apenas un fragmento de la misión bomberil, que al menos acá, en la sede central del Cuerpo de Bomberos de Barranquilla, incluye también atrapar una boa en una casa de familia, rescatar a las víctimas de un accidente automovilístico, sacar ahogados del río y del mar, forzarle la puerta a una señora que dejó la llave encerrada, neutralizar a un suicida, llevar agua a un pueblo sin acueducto, bajar un