24 horas como bombero
gato de un árbol, asistir a una parturienta, colaborar con los efectos especiales en las películas del naciente cine barranquillero, atrapar a un perro con mal de rabia, atrapar a un mico con mal de rabia, colgar pasacalles de la Selección Colombia, bajar pasacalles que violan el Código Urbanístico, decomisar mangueras de ciudadanos que estén despilfarrando agua, escoltar reinas y deportistas victoriosos por las vías principales, apoyar a la policía en los desalojos de barrios de invasión, apagar basureros, casas, fuegos forestales, solares, oficinas, y todo lo que se queme en Barranquilla y poblaciones circunvecinas; y la más exótica de todas las proezas en esta ciudad caribeña: atravesar una máquina de veinte toneladas en uno de los peligrosos arroyos de Barranquilla e intentar salvar al cristiano que marcha raudo hacia un festín de escualos en Bocas de Ceniza.
¿Con cuál de éstos destinos me iré a tropezar a lo largo de veinticuatro horas, yo, el torpe bombero de dos metros que de entrada pisó la manguera y al que de allí en adelante llamarán con pícara risilla 'el bombero McCausland'?
Tú, 'Medio polvo', perro callejero de ojos vivaces, eres el símbolo de todo lo que encarna 'La Loma', la segunda estación de Barranquilla, la menos favorecida, la hija de menos madre de las dos que sirven a una ciudad de dos millones y pico de habitantes.
Ya me han contado tu historia, la noche oscura en que apareciste bajo rayos y centellas en medio de un padre aguacero y estos hombres tan valientes no tuvieron agallas para devolverte a la intemperie. Y allí has estado, con tus ladridos inquietos, a veces tu rabo entre las piernas, en los hitos históricos de la pequeña estación: la madrugada en que una adolescente del paupérrimo barrio vecino parió sobre las mangueras recogidas de la máquina número veintidós; o aquella noche húmeda en que una banda de truhanes se metió a la estación con una treinta y ocho gruesa y