24 horas como bombero
Él, Sergio Mendoza, bombero con doce años de experiencia, pasa las jornadas dibujando en la estación principal 'Once de noviembre', mientras casi todos sus compañeros duermen.
El silencio de la noche, ya avanzada, solo se altera con las baladas tristes, obstinadas, que brotan de la guitarra del bombero Julio Olmos, quien está empeñado en aprender, y rasga con empeño la balada Llorona mediante el método empírico del que no se resigna solamente a cargar mangueras. Mendoza, el dibujante de la noche, saca de su vetusto portafolio de cartón un retrato viejo y lo exhibe con orgullo.
Allí está un hombre de ojos penetrantes que se las arregla para mirar con convicción desde lo más profundo de aquel carboncillo elemental. Aunque fue pintado con la camiseta del equipo de fútbol de la estación, esa mirada de fuego lo revela como hombre de llamas. Se llama Yesid Jiménez y a pesar de que los hechos ocurrieron hace apenas cinco años, en el mediodía aciago del treinta de mayo del noventa y nueve, ya ha traspasado el umbral en que los bravos se vuelven leyenda. Yesid estaba de turno ese día cuando entró la llamada: un humilde jardinero que podaba ramas en la copa de un árbol acababa de pegarle un machetazo a un cable de alta tensión, recibiendo una descarga de trece mil voltios.
Cuando Yesid y sus compañeros llegaron, observaron desde abajo que el cuerpo estaba rígido, pero en un instante lo vieron moverse. Convencidos de que ya la compañía eléctrica de la época había abierto el circuito y de que el hombre estaba vivo, Yesid y sus compañeros se lanzaron al rescate. Cuando el experimentado bombero tocó el cuerpo, ante las cámaras de televisión que ya habían hecho su arribo, y una multitud de horrorizados curiosos, se produjo el chisporreteo
fatal que luego le daría la vuelta al mundo, como imagen sensación del género snuff.