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LA ESQUINA DEL CINE - Ernesto McCausland ÁLVARO SERRANO DUARTE - Webmáster, Design, Seo

24 horas como bombero

Yesid y su compañero Lorenzo Rueda murieron de inmediato electrocutados, mientras otro bombero, Luis de la Cruz, cayó del árbol, astillándose el pubis. Pronto se conocerían los eslabones corroídos de esa cadena de pequeños infortunios que se requiere para que la fatalidad actúe a lo grande: la empresa eléctrica no había abierto el circuito; los bomberos habían ascendido sin el equipo necesario y cuando lo hicieron ya el podador llevaba varios minutos muerto, y si se movió fue por un efecto latente de su asesina, la electricidad.

Es decir, como lo afirma con melancolía el teniente César Fonseca, "el muerto los mató". Hoy ya reintegrado a sus funciones, el sobreviviente De la Cruz tiene dos clavos ortopédicos en la cadera y se mueve con dificultad. Los difuntos Yesid y Lorenzo son como nobles fantasmas, acaso mártires, criaturas omnipresentes que les recuerdan a ellos cuán eficiente es la ronda de la muerte.

Mientras vuelve a contemplar el retrato inconcluso, trémulo de emoción y de memorias, el bombero pintor, Mendoza, no olvida que apenas una semana atrás, en una de esas llamaditas casuales de cualquier momento, ingresó a apagar un pequeño incendio en un apartamento del barrio El Silencio y un mueble, electrificado por efecto de las llamas, lo mandó al piso como una maldita trompada de Pambelé.

Ella, la candela, está en boca de los bomberos como el hacha en la retina del condenado a decapitación. Se refieren a ella no como calórico y luz producidos por la combustión de ciertos cuerpos, sino como a una dama peligrosa, esa que, al decir del guitarrista Olmos, "no tiene ojos pero ve, no tiene manos pero abraza".

Todos la conocen en carne propia, saben de sus mañas sigilosas y traicioneras, cual bestia lista que espera el descuido para prodigar su mordisco lacerante, a veces hipnotizándolos con sus refulgentes encantos.

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