24 horas como bombero
Cada cual tiene una huella que exhibir. El bombero Johnny Orozco me muestra una sanguijuela de piel reseca que porta sin orgullo en el antebrazo derecho. La adquirió durante el incendio de un vehículo al que ya consideraba apagado. Luego del quemón, le aplicó saliva a la llaga para aplacar el ardor y fue tal la infección que "durante dos semanas no le pude hacer el amor a mi mujer".
William Mayo, el más negro de los bomberos, hombre de sonrisa reluciente y franca, muestra su pierna blancuzca, quemada después del incendio en la Central de Abastos del Caribe. Mayo ingresó cuando ya el fuego parecía controlado, pisó entre unos escombros y se encontró con las llamas subyacentes que lo quemaron hasta la rodilla.
Aun así, con todo y que bajo esos raídos uniformes del diario se alojan cicatrices grandes y pequeñas, tragedias de todas las dimensiones, hay quienes anhelan la candela. Edwin Pacheco, un experimentado bombero de ojos amarillos como si un par de llamas se le hubieran quedado allí prendidas para siempre, con su verba impetuosa me cuenta que algunos esperan con ansiedad el momento de enfrentarla a ella, a esta mujerzuela que bien puede devorarte y escupirte en un santiamén.
— "Hay colegas que están enfermos y cuando van a apagar un incendio se curan", me cuenta Edwin. Hay otros que llegan a su casa diciendo: "Hoy tuvimos un buen incendio".
Pero 'ella' -anota- no es amiga de nadie. "Bombero que pide candela no es buen bombero", sentencia Edwin.
Nosotros, incluido el tal bombero McCausland, ahora somos amigos. No sabemos ni cuántas horas hemos pasado entre relatos épicos y la entonación sistemática de la