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LA ESQUINA DEL CINE - Ernesto McCausland ÁLVARO SERRANO DUARTE - Webmáster, Design, Seo

Ya ejerciendo el periodismo tuve la suerte de conocer a Héctor Lavoe en agosto del 86, durante su última visita a Colombia. Era un hombre espontáneo y conversador, que enloquecía con los vallenatos que sonaban por la radio.

--¡Eso es salsa! --exclamó una vez, cuando escuchó una canción de Alejandro Durán.

hablaba atropelladamente, alternando su fuerte acento puertorriqueño con una que otra palabra en inglés. A veces se le olvidaba lo que estaba diciendo y pedía que le recordaran. Sus respuestas eran enredadas. Comenzaba a decir una cosa y terminaba diciendo todo lo contrario.

En la entrevista que le hice, Héctor Lavoe proclamó su Manifiesto de la cheveridad: Es chévere ser grande, pero es más grande ser chévere . Fue ese el titular que utilizamos, a lo ancho de la página, en El Heraldo . En esa misma entrevista, Héctor Lavoe me habló con orgullo de su hijo, Héctor Junior.

Treinta y dos días más tarde, perdida en la página de espectáculos del periódico, encontré una noticia que me estremeció de pies a cabeza: Héctor Junior había sido asesinado en Nueva York. La trágica muerte del hijo constituyó el comienzo de la cadena de infortunios que habían de reseñar las agencias de noticias el día del funeral: desapareció del mundo del espectáculo.

Cuatro años después me enteré de que estaba ensayando para regresar al canto. El camino de regreso había tenido malos momentos, como una presentación con las viejas estrellas de la Fania en el Madison Square Garden.

Convertido en una ruina humana, delgado y cojo, se subió a la tarima para cantar «Mi gente» y a duras penas pudo sostenerse en pie. Pero a pesar de las circunstancias, yo tenía la certeza de que Héctor Lavoe lograría avivar sus llamas sagradas y pronto sería el héroe del retorno.

LAVOE: También llegó tarde a la muerte
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