Los colmillos le imprimieron a Drácula el elemento grotesco que es vital en el carnaval, y llevaron a Benjamín a convertirse en una leyenda de la fiesta: un personaje siniestro, vestido de negro riguroso y con el cabello impregnado de gomina, que recorría todos los desfiles del carnaval bajo un sol abrasador, desatando a su paso una algarabía de chillidos entre niños y mujeres. Para ellos, los débiles del carnaval, aquel era un Drácula convincente, a pesar de lo diurno y a pesar de que, a decir verdad, Benjamín García, con su nariz aguileña, su piel morena y su expresión cándida, guardaba muy poco parecido con el siniestro conde descrito por el periodista norteamericano Abraham Stoker en su obra original de 1897, y personificado por Bela Lugosi, Jack Palance, Frank Langella, Christopher Lee y tantos otros actores.
Pero como toda historia en la que está involucrado el temible conde de Transilvania --capaz de transformarse en perro o hasta en candelabro--, a la de Benjamín García se le atravesó la fatalidad: de repente comenzó a sentir que el personaje estaba apoderándose de él. Dejó de interesarse en el rostro y el cuerpo de las muchachas, para fijarse con deleite en el cuello. A sus conquistas carnavaleras intentaba clavarles los inmensos colmillos en la garganta, lo cual producía reacciones encontradas:
--A unas les gustaba, otras salían corriendo --dice. El problema se complicó al punto de que cuando no estaba disfrazado, Benjamín sentía miedo de las fotos en las que aparecía vestido de Drácula. Llegó a decir una vez, frente a su esposa y sus hijas, que él no imitaba a Christopher Lee, sino que Christopher Lee lo imitaba a él. Los síntomas se volvieron crónicos cuando Benjamín se presentó a su casa con un ataúd y comenzó a dormir en él.
--Esto nada tiene de gracioso --le dijo su hija.
No hubo más remedio. Benjamín fue a parar al lugar más cómodo del mundo: el diván del psiquiatra.