Según el psiquiatra Pedro Ricaurte, Benjamín García estaba padeciendo un delirio, un trastorno del contenido del pensamiento. "El 'yo' pierde la capacidad de reconocer la realidad y de valorarla", explican al respecto los textos de siquiatría.
La orden del médico fue terminante: así como a unos les prohiben el trago o el cigarrillo, a Benjamín García le prohibieron el disfraz.
Benjamín comenzó entonces a buscar una solución para su problema interior; para ese desespero que lo acosaba en horas de la noche, que le hacía sudar las sábanas y que lo empujaba a vestir el disfraz y los colmillos.
Haciendo uso de la misma imaginación que una vez lo llevó a fabricar los primeros colmillos de yuca, Benjamín concluyó que no había necesidad de atravesarse el pecho con una estaca --como llegó a pensarlo-- sino que la alegría de un payaso sería capaz de derrotar al temible vampiro; un payaso que llevara el nombre del superhéroe del turbante y el diamante que en sucesivas aventuras había vencido a Las momias del Macchu Pichu y a La Araña negra, y que una vez --según afirma Benjamín con total convencimiento-- había vencido a Drácula en alguna historieta de los cincuentas.
Así nació este bufón de fiestas pobres en gastos y ricas en emociones. En ellas, hoy día, Kalimán organiza reinados de belleza con las niñas de la fiesta; anima a los niños a que efectúen el temible "triple salto mortal", y él mismo les da un empellón para que caigan; y presenta un espectáculo de dos horas que mantiene en estado de delirio a la chiquillada. Ya Benjamín no necesita pensar en la sangre de nadie. Ahora su alimento es otro. Como él mismo lo dice, "A estos niños yo les chupo la energía de su inocencia".