Esperó entonces que terminara Mi jaragual , que pasara completa Tu pañuelito , que transcurrieran las primeras estrofas de No quiero piedras en mi camino y se lanzó como una centella de abril sobre las profundidades del burdel, Maelo inspirando: “Si pudiera descifrar tu manera de pensar, una novela de llanto yo te escribiré, pirirín…”
El sol seguía desperezándose mientras las aguas del río habían terminado de dibujarse claras e inquietas a través de los amplios ventanales del gran salón. En el burdel todo había perdido el misterio de la oscuridad, develándose un panorama de mujeres marchitas, borrachos babosos, ojos enrojecidos y lánguidas bombillas sin oficio: una auténtica galería de monstruos.
Capeto apartó de un manotazo la cortina salmón y se internó en la zona de las piezas. A Luz Dary Sánchez la tenían en el baño de lo que Manson denominaba “Suite Presidencial”, la más grande de las siete habitaciones. El mismo Lewis terminaba de bañarla con detergente de ropa, mientras ella aún sollozaba con un moqueo de niña, ya no los berridos de ternero que todos habían presenciado a su ingreso. Capeto Cervantes preguntó qué había pasado.
En vista de que Luz Dary Sánchez no respondía, ni parecía escucharlo, optó por sacarse del bolsillo una bolsa de gramo, a la que apenas le quedaban resquicios del polvo blanco en el fondo, tomó del lavamanos un gastado cepillo de dientes y con el mango de éste le dio un pase en cada fosa nasal a la recién bañada. Ella los inhaló con ansiedad, miró a Lewis, quien aprobó con la cabeza, se sentó en el inodoro y emprendió el relato con voz ronca y queda, casi un susurro.