Minutos después, cuando La Bruja arribó con su séquito de brutazos, ya Luz Dary Sánchez le había soltado todo a Capeto Cervantes: el viaje de las barqueras hacia la motonave carguera que llevaba tres días encallada junto a la boca del canal de acceso al puerto; el trato rápido, en inglés de muelle, con un marino joven que acordó pagarle cien dólares por las veinticuatro horas; la noche de sexo loco en el interior de un camarote mustio, sobre un colchón pelado, bajo una claraboya que dejaba ver una redonda postal de la desembocadura convulsionada en primer plano; el Caribe en el fondo, en medio de un azulado resplandor de luna de creciente; la invitación a quedarse otras veinticuatro horas, que ella aceptó a cambio de media tarifa; el I love you prematuro que el marino escribió en el vidrio empolvado de la claraboya; el instante en que la visita cobró dimensión de cotidianidad cuando ella le lavó la ropa sucia que tenía días acumulada; la irrupción del capitán, seguido de tres marinos, y la iracunda discusión en filipino que fue creciendo entre los dos; la aparición repentina de una navaja suiza Wenger en la mano izquierda del marino y la saña: una, dos, cinco, ocho, quince, treinta y pico puñaladas; los alaridos del capitán y la sangre que pringaba para todos lados como un surtidor de jardín; la mirada impávida de los otros tripulantes, mientras “el marino enamorado” –como luego se le conocería en las noticias de Capeto Cervantes- convertía en un colador a su capitán.
La Bruja alcanzó a escuchar el final y miró a Capeto con ojos de reproche. Tantas veces había sucedido, que ya carecía de sentido el sempiterno sermón de que mal podían los periodistas conocer los hechos primero que los policías. Ya encontraría La Bruja Mackenzie, policía secreto, la manera de desquitarse. “¡Afuera Cervantes!”, fue lo único que dijo por ahora, en un esfuerzo evidente para que aquello pareciera voz de mando. Capeto no sólo no salió, sino que trajo una botella de aguardiente de la mesa de noche y le ofreció un trago. La Bruja se tomó uno doble. Luego aceptó a regañadientes, y únicamente por agilidad de procedimiento, que Capeto Cervantes le resumiera la historia, y cuando la conoció en su totalidad dio media vuelta, sin mirar siquiera a Luz Dary Sánchez desnuda en el inodoro, y les ordenó a los brutazos: “¡Cojamos rápido al carajo ese!”. Capeto Cervantes quiso sumarse a la misión policiva, pero La Bruja le hizo ver con ojos de halcón que él no iba para ningún lado. Sintió que el dedo índice se le subía a la boca, como si tuviera vida propia. Fue un impulso que al menos en aquel primer día de febrero pudo contener.
Lea análisis del neurólogo Daniel Jácome Roca