Por Alejandro Rosales
Nadie imaginaría que ese sujeto con lentes oscuros de agente federal, que desciende del carro último modelo, alguna vez fue pobre.
Llamémoslo "Fulano". Nació y creció en un popular barrio de Barranquilla. Por sus calles destapadas jugó bola' e trapo y bailó salsa brava entre nubes de hierba.
En la vieja escuela aprendió de números, letras y capitales. Y Clarita la vecina Cienaguera, a los 16 cumplidos lo arropó entre muslos. Como diría 'Rolando LaSerie' en una de sus canciones: "aprendí todo lo bueno, aprendí todo lo malo".
Todo lo malo aún no lo había aprendido. Un día de elecciones conoció al gordo de guayabera y cachetes rozagantes, que detrás del vidrio polarizado compraba votos. El siniestro personaje al notar la capacidad de convocatoria que tenía Fulano en el barrio, lo reclutó para su banda politiquera, nombrándolo líder de las juventudes.
Pasaron los años y hoy "Fulano" ocupa un importante cargo público, como cuota burocrática del hampón de guayabera. Los recuerdos del barrio fueron incinerados por su codicia desmedida. Desde la curul que ocupa es un corrupto más que roba descaradamente los dineros de la salud, educación, obras públicas, o lo que le pongan en frente. Las calles de sus días de pobre continúan, al decir de un célebre alcalde de Curramba, ¡como si hubieran sido bombardeadas!
Solo las visita en épocas electorales, pero nunca desciende del flamante automóvil. El show prosigue y Fulano tras su vidrio polarizado ríe cínicamente de los hambrientos vendedores del sufragio que exclaman con triste alegría: ¡que viva Fulano!