El escritor y periodista Marco Schwartz, ganador del Premio Norma de Novela, escribió en sus inicios este poema, considerado por algunos entendidos como una obra maestra. Se trata de una vibrante metáfora del paso de la infancia.
QATOR
¡Qator! ¡Qator!
El estrépito de tus muros al derrumbarse
y los gritos desgarrados de tu gente
aún retumban en mi oído.
Pobre Qator, ciudad esplendorosa,
esto es cuanto queda de ti: un roquedal inmenso
semioculto por el monte
donde anidan los reptiles
y copulan los insectos.
Las acequias por donde corría el vino
fueron cubiertas por la cal y el musgo
y la música de flautas
-¡y la música de flautas, Qator!-
hace siglos no se escucha.
Queda el gorgoteo lúgubre del mochuelo
y el batir de unas alas que pasan sin detenerse.
Pero más allá del dolor
hay algo en ti que me subyuga:
amo, Qator, la dignidad de tus ruinas,
que no han sido holladas por la ciencia.
Me gustas así, destrozada y silenciosa,
con tu decadencia intacta.