Perdonen que les hable pasito, pero este soy yo, el puritano, el alma mojigata y piadosa que estudió la primaria con los sacerdotes agustinos, el bachillerato con los hermanos cristianos y la universidad con los protestantes sureños de Tennessee.
Soy yo, quien lo creyera, al que alguna vez vistieron de apóstol, a punto de ingresar a este bar prohibido; un lugar de escasos límites carnales, cuyo discreto aviso, de un tenue aluminio reflexivo, apenas susceptible a la luz fría de la fachada, contrasta con la realidad ardiente que en su interior suele transcurrir.
Y este otro también soy yo, pero el que habla duro –como hablan en las mesas de costeños que escandalizan los restaurantes de Bogotá-, el yo que ha conocido a fondo a más de dos guerreras salvajes, el que en sus primeros años de periodismo experimentó aquellos amaneceres bucaneros cerca al Río Magdalena en Barranquilla, en bares de putas viejas que se encueraban con la última luna, cuando empezaban a sonar las sirenas del zarpe matinal; este otro yo, humeante de entusiasmo, se apresta a traspasar los portones del averno tentador; el “Mutunus Tutunus” de la zona rosa, famoso en el submundo de la noche bogotana, en el que a la medianoche –cuando el termómetro sensorial ya está desbordado- se ha visto a un hombre con su lanza en ristre atravesar la penumbra a toda prisa y ordenar en la barra:
—¡Condooooooón