Aquí, en el ADN Swing Bar, estamos los dos a la vez, como un par de buenos amigos, a la espera de que aparezca la gente. Tantas cosas hemos oído de este lugar que nos parece imposible a ambos que en un par de horas esos futones vacíos se llenarán de parejas, criaturas sombrías de la noche prohibida. Sanjuanito, el dueño, y su novia Eignna me preparan: primero una rápida vuelta por el sitio, una casa grande de El Lago, cuyo segundo piso ha sido oscurecido y adecuado para el trend de la erodinámica mundial: un bar swinger, templo nocturno de la sexualidad.
Todo está listo para las criaturas de la noche marginal que tarde o temprano tendrán que llegar: los futones, amplios, acolchonados, forrados en tela de algodón, en los que cualquier cosa puede pasar, quizá una tímida masturbación entre una pareja de neófitos, quizá el furor de un polvo público y estridente; el polvo quintaesencial de una noche swinger.
La barra, la misma que ofrece condones de emergencia, anuncia sus cócteles: “Senos de Fresa”, “Orgasmos de Chocolate”. Opto por una soda. Sanjuanito y Eignna me siguen mostrando. Son gente amable y de ropa convencional. Él es un tipo alto, ex alumno del Gimnasio Moderno que habla de sexo con aire casual, como un niño hablando de su tren de juguete.
Ella, en cambio, parece guardar un misterio profundo detrás de su par de ojos fijos e inmensos, y poco si inmuta con las frases de Sanjuanito, ni siquiera cuando éste cuenta que la única vez que ha sentido celos, desde que ambos ingresaron a la vida swinger, fue cuando la encontró por accidente besándose con otra chica.
“Realmente fue algo muy bobo, superado rápidamente por la buena comunicación que tenemos”, me explica.
Mis anfitriones conforman una pareja joven, como cualquiera que uno puede encontrarse en la fila del supermercado, aunque en realidad desde hace dos años llevan una discreta vida de tórridas aventuras.