De la palabra swinger, que en inglés quiere decir “oscilador”, hay múltiples versiones: algunos aseguran que es una mutación semántica del término que se acuñó inicialmente, “wife swapping”, el cual significa “intercambio de esposas”; otra versión da cuenta de un pastor protestante que en un sermón se refirió a esa gente que anda por la vida “oscilando de cama en cama”.
Observo a las parejas que van llegando, cargando en su historial relatos afines al de Sanjuanito y Eignna. Llegan sin escándalo, suben las escaleras y se pierden en la penumbra del bar. No hay allí ni supermodelos, ni actores porno, ni cuerpos moldeados en gimnasio.
Es gente común, más que todo profesionales jóvenes de los que uno se encuentra en cualquier panadería de Bogotá. Ahí está el sobrepeso discreto de la gran ciudad, la alopecia de nuestro compañero de trabajo, el señor Martínez, gente que en cualquier otro escenario de esa loca urbe no se le estaría escondiendo al brillo de las luces. Otros tienen menos reservas.
Saludan a Sanjuanito y a Eignna. Se relajan en la barra a hablar de Uribe Vélez y vainas de ese tipo. No se advierten oscuras intenciones. A esta hora, pasadas las nueve de la noche, el sexo parece estar alojado en un espacio recóndito de la trastienda cerebral.
Hasta que llega un tipo joven, de no más de treinta años, que de lejos es idéntico al maestrico Cañón, cuando éste era la estrella de la media cancha en el Santa Fé. Ingresa al bar con dos muchachas que –ayudadas por la penumbra, acaso por el afán de mito- parecen finalistas de un reinado de belleza. La más alta de las dos, la que más se hace notar, es alta y delgada, y lleva vaqueros apretados, además de una ligera blusa blanca.
El maestrico Cañón y las dos niñas apenas tienen tiempo de instalarse en una mesa. De inmediato saltan a la pista. Aquel dinámico trío se baila hasta las consignas ardientes que un locutor lanza por los altoparlantes: