“No olviden que este es un bar swinger, donde ustedes pueden sentirse libres y bailar desinhibidamente, donde pueden bailar sin blusa , sin brasier...”
La supermodelo de la penumbra es una provocación con sus curvas pronunciadas. En los merengues veloces es una licuadora en alta revolución. En las piezas más suaves se mueve con deliberada cadencia, llegando incluso al extremo de la incitación, pasándose una mano por un par de senos firmes. Noto entonces que entre las parejas de la barra ya no se habla del presidente, sino que comienza un cuchicheo. Era de esperarse: las señoras han comenzado a referirse a ella como “la loba esa”. Averiguo lo que está sucediendo.
Las normas del bar son muy sencillas. Sólo se admiten parejas y mujeres bisexuales. Pero resulta que el maestrico Cañón ha sido siempre uno más de los de la barra; un hombre casado de los habituales en el ADN, al que suele asistir los fines de semana con su esposa. Pero esta vez se ha venido de juerga con dos solteras de cualquier parte.
En el medio swinger, -palabra que implica “balance, libertad de movimiento, persona de amplio criterio, casada o soltera, que decide ejercer su libertad de acción en lo que respecta a su vida sexual”- el episodio del maestrico no debería suscitar tanta resistencia. Es un tipo más, gozándose a dos guerreras con las que seguramente terminará en la cama franca del cuarto de fantasía, haciendo lo que a mi primer yo le parece abominable, y que al segundo le parece envidiable.
Pero resulta que aquello constituye una afrenta, una situación que atenta contra los nítidos postulados de la gente swinger, un hecho que está incrustado en la ética relativa de este movimiento transcontinental.
Sanjuanito me lo explica: “Si uno va a entregarle su mujer a otro, se entiende que debe haber reciprocidad. Si ese al que le entregas tu mujer, anda con otras, eso quiere decir que no valora ni respeta tanto a su propia mujer. Por lo tanto, en el intercambio, tu estás dando mucho más…”